domingo, 3 de mayo de 2020

Historia de mar - Capítulo 3

Hola, hola! Qué tal va esa cuarentena? Yo igual de confinada porque se acercan los temidos exámenes y mucho me temo que cuando se nos permita salir con más libertada yo tendré que quedarme en casa más que nunca xD En fin... hoy no vengo a hablaros de mi querida Medicina, sino de algo de lo que estoy segura NADIE recuerda (y si alguien lo recuerda por favor que lo ponga en los comentarios porque me dejaría loca jajaja)

En realidad, esta entrada tiene más sentido del que pensáis porque en el mundo del arte en Internet el mes de mayo es conocido por ser el #mermay, quizás uno de los retos más famosos junto con el #inktober. Se trata de un challenge en el que debes subir una ilustración de una sirena al día. Hay quienes se preparan prompt lists para que sea más sencillo y otros que van tirando como pueden jaja Personalmente, Estudio Katastrófico creo que hizo el mejor mermay de la historia hace un par de años y os animo a buscarlo porque tanto a nivel de dibujo como de historia es muy guay.

Y me diréis, Crispi, ¿entonces vas a participar tú también? Pues... sí y no xD Es probable que como todos los años haga una ilustración que intentaré currarme en lugar de estar todos los días subiendo personas con cola de pez, así que estad atentos a mi Instagram ;)
Sin embargo, a diferencia de otros años, he decidido atacar este reto desde otra perspectiva y acabar con un proyecto que lleva en mi cabeza desde 2014. Sí, señoras y señores, esta historia lleva existiendo desde hace años pero por unas cosas u otras nunca lo terminé porque... bueno, la vida jajaja Y va siendo hora de que lo haga.

So, here is my challenge! Quiero continuar con esta "Historia de mar" a lo largo del mes de mayo :)

Os voy a dejar los links del primer capítulo (aquí) y el segundo (aquí), aunque al ser tan antiguos y cortitos he decidido revisarlos (curiosamente del primero especialmente apenas cambié un par de palabras porque me quedó sorprendentemente decente) y juntarlos con el tercero para que no tengáis que rebuscarlos si no queréis ;)

No me enrollo más! Espero que os guste y no os olvidéis de dejar vuestras opiniones en la sección de comentarios :) Nos vemos pronto!!




Capítulo 1
Apenas quedaban algunos rayos de un sol tardío cuando el mar embelleció de plata. Sus olas y su espuma, moldeadas en oro blanco por un caprichoso joyero, humedecían la brisa con salitre. Mientras tanto, el rey se escondía en reflejos, veteando de burdeos y lila el campo brillante de sus aguas. Tan perfecto, tan efímero y cambiante… Tan mágico.
              Entre los suspiros maravillados de los marineros y el rugir de las olas al romper contra el acantilado, se deslizó un susurro íntimo y secreto, un misterio sepultado bajo toneladas de agua y vida. En el reino profundo de aquella inmensa joya, el ónice perpetuo era arrastrado por las furiosas corrientes y se anclaba con desesperación a la nada, la oscuridad en su máxima esencia. Sin embargo, aunque ajeno al espectáculo de un sol en plena huida, fue el primero en recibir los rayos de la luna y, con su templanza y serenidad, fue testigo privilegiado del comienzo del cambio.
               Al principio, fue una efímera ondulación que al poco tiempo se esfumó, diluida en la negrura. A su paso dejó un silencio aún mayor, como si el mar entero estuviera conteniendo la respiración. Esperaba, esperaba tenso, expectante.
               Y, entonces, una nota. Una única nota aguda y débil que ascendió en forma de burbujas diminutas. Un silencio. Y otra nota. Una melodía vacilante, rota. Una canción fragmentada. Completa. Una luz y una esfera, una perla de nácar cuyo resplandor apenas ganó un par de centímetros al fondo marino. Pero lo intentaba, incansable, creciendo al pulso de la canción que aún la arropaba entre tanta hostilidad agobiante. Y, así, se hizo más y más grande hasta que, llegado a un momento, explotó con un ruido sordo.
               Todo ello, en cambio, ocurrió tan deprisa que habría quedado escondido a ojos de un muy afortunado testigo. No obstante, el surgimiento de la torpe figura de la recién nacida quedó, como bien corresponde al vasto océano, guardada cual tesoro enterrado.
               En cualquier caso, la pequeña, aún ciega y aletargada, comenzó a mover su cola con la vacilación propia de quien no se conoce. Confió, en cambio, en su instinto y empezó a agitarse con más fuerza a pesar de tener aún latente el recuerdo de la seguridad de su perla. Fue en aquel instante cuando el mar, cuyo poder es extraño y distante a veces, pero también entrañable en otras, empujó a aquel adorable ser hasta asegurarse de que se encontraba a una profundidad menor, en la cual, a pesar de su desacostumbrada vista, lograría orientarse.
               Así pues, impulsada por aquella corriente, la recién nacida se dejó llevar hacia el inicio de una vida que, como sugerían las estrellas que lucían en el helado cielo, estaría marcada por un destino de amor y soledad.

Capítulo 2
Muchos años habían pasado desde aquel atardecer de plata. Muchas olas habían roto contra los acantilados y las playas, naciendo y muriendo sus corrientes en el sur y el norte por igual. Y, sin embargo, entre sus subidas y bajadas, alegrías y desgracias, una bella criatura había crecido.
              Tal era el cambio que apenas si podría reconocer tan esbelta figura quien recordara la torpe sirena que a oscuras gateaba. Ya nada quedaba de esa torpeza infantil, ni rastro de vacilación, ni pizca de duda. Era una centella de agua, un relámpago de azul y oro.
              De naturaleza inquieta, no permanecía más de un par de suspiros en un mismo lugar, pues prefería acompasar su corazón al latido de la marea sin importar si debía enfrentarse a su furia en la tormenta o su quietud en la calma. Así, nuestra preciosa sirena no nadaba en el mar, bailaba con él, se reía con él, lloraba por él. Y dichas lágrimas, cuando se derramaban, no era por lo que podríais pensar que era soledad, sino amor puro, devoción absoluta.
               No necesitaba hablar ni encontraba placer alguno en cantar al alba como otras de las de su especie. Al fin y al cabo, no existe compañía más noble que el horizonte por frontera y el vasto océano por hogar.
               ¿Qué fue entonces del vaticinio de las estrellas? ¿Acaso erraron aquellas que mejor conocen el mundo por verlo desde tan lejos e iluminarlo y escurecerlo a su antojo y conveniencia?
               Me temo que no, mentes curiosas. Las estrellas pueden ser tan afiladas como la verdad en sí misma, pero, ante todo, son pacientes. No, mentes curiosas, que no os engañen vuestros ojos aún inexpertos; estaban esperando. Esperando el momento adecuado, el lugar adecuado, la trampa adecuada.
               No fue, en cambio, el día escogido para dicha tragedia un reflejo de la definición del desasosiego, sino más bien todo lo contrario. El cielo presumía de su desnudez mientras se reflejaba en la inmensidad del mar. El ritmo de la marea descendió y, así, la joven sirena siguió a su gran amor en la calma del momento y se dejó llevar por la lenta despreocupación. Empezó a nadar por la superficie del agua, exponiendo sus brillantes escamas al sol caliente.
              No espero que entendáis lo extravagante y único de este gesto tan inocente en principio; sin embargo, os diré que las sirenas tienen inscrito en su alma una predilección por el amparo y la protección que les ofrece la noche, donde la luna que las vio nacer vela por ellas desde el salpicado manto de la cúpula celeste. Era por ello extraño ver cómo aquella sirena cerraba los ojos tan confiada y disfrutaba de la sensación de los rayos quemando su resbaladiza piel marina.
               Lo que no sabía tan dichosa criatura es que la corriente del destino la arrastraba hacia una pequeña isla lo suficientemente alejada del continente para considerarse solitaria, pero no tanto como para pasar desapercibida por los humanos. Sus bordes, perfilados por monstruosos acantilados, escondían auténticas trampas mortales que los isleños intentaban evitar a toda costa. No obstante, nuestra joven sirena no podía conocer tal amenaza y, aún sumida en su particular sueño, se mecía cada vez más cerca de la isla y sus peligros.
              Y es que las estrellas habían dispuesto los actores de su particular función en escena y, como buen público, sólo debían esperar a que el telón se levantara y diera comienzo el espectáculo, un momento que llegó a la caída de sol, cuando al amparo de su amante la luna, brillaron con fuerza y aplaudieron para su diversión.

Capítulo 3
Mientras el sol huía despavorido, la bella sirena comenzaba a sentir tibias las escamas que antes habían ardido bajo el yugo del rey. Desazonada, sus ojos vidriosos miraron en derredor tratando de orientarse con la ayuda de las sombras a las que estaban acostumbrados. Sin embargo, cualquier atisbo de esperanza quedó extinguido por la furia de una ola.
Sorprendida, aunque nunca temerosa, dejó que tal crueldad la envolviese durante unos segundos y, después, canalizó toda la energía acumulada durante el día de letargo en el batir de su perfil serpenteante, segura de poder vencer como tantas otras veces al capricho de su amante. Mas el mar no estaba dispuesto a ceder a sus designios. Desconcertada, sintió cómo éste contratacaba con una ola aún más agresiva que la anterior. La sirena se refugió de su hostilidad sumergiéndose en el agua; no obstante, el mar seguía empujándola hacia el acantilado con impaciencia.
La sirena no podía entender el porqué de aquel brusco cambio en el comportamiento de la marea, por lo que decidió aceptar el reto y devolver el golpe. Cerró sus ojos negros, sintió crecer la tensión en cada fibra de su ser y se impulsó con tanta fuerza que su figura traspasó la espuma de las olas y se recortó en la medialuna del cielo para difuminarse después de nuevo bajo las aguas. Nadó entonces con vigor, sorteando las rocas, esquivando los arrebatos del mar antes de que lograran alcanzarla. Cada vez iba más y más rápido. Cada vez se acercaba más y más a la pared de roca. Pero ella reía. Reía cada vez más y más alto. Más y más fuerte.
El juego era peligroso, pero al mismo tiempo se sentía emocionante. El corazón frío de la sirena latía al son furioso y tempestivo de la marea al chocar contra la isla. Sus movimientos eran zigzagueantes, casi erráticos, pero con un poder capaz de erosionar hasta la piedra más sólida.
Y entonces el juego llegó a su fin.
No escuchó el grito del que no podía gritar ni logró ver con claridad lo que el mar ya quería hacer suyo; sin embargo, la curiosidad vibró en su piel con el mismo fulgor que las estrellas del firmamento. Se detuvo. Aquella atracción no se parecía a nada que hubiese experimentado antes. De repente, no podía ni quería controlar sus movimientos que poco a poco la acercaban más y más hacia aquel inesperado misterio. Estaba tan cerca…
No debería haber olvidado dónde se encontraba ni contra quién estaba batallando. El mar, desde luego, no la había olvidado a ella y aprovechó su momento de indefensión para estrellar su frágil espalda contra un conjunto de rocas sin que la inexperimentada sirena pudiera remediarlo.
Un relámpago de dolor sacudió su cuerpo y contrajo su columna. ¿Acaso era aquello el sabor de la traición? La curiosidad se convirtió en necesidad y orgullo. No iba a rendirse. Tenaz como pocas en su especie, continuó luchando y luchando contra la corriente a pesar de la tirantez de su magullada espalda y el cansancio que arrastraban sus músculos después de tantas millas. Palmo a palmo se fue acercando a aquel bulto desconocido hasta que pudo reconocerlo no como un objeto extraño, sino como una criatura como jamás había visto alguna.
En un último esfuerzo verdaderamente titánico, logró agarrar aquel ser y arrastrarlo lejos de la influencia de su combatiente. El agua se había convertido en una oscuridad inquebrantable, su hábitat natural. Abrió sus oídos al instinto y dio con una ruta segura hasta una cueva remansada. Allí, volvió a sacar sus escamas fuera del agua y depositó su tesoro.

Una cosa estaba clara. No era una criatura de mar. 




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